-Estoy dispuesto a razonar. Sé bien que la cólera que siento me perjudica más que me favorece. Pero tienes que saber que tú eres la causa de mi mal. Si alguien fuera capaz de sentir piedad por mi desgraciada existencia, con mayores bondades devolvería yo el favor. Si hubiera una entre tantas personas que habitan en el mundo, que me otorgara esa bondad, yo sería capaz de hacer las paces con la humanidad entera. Pero parece que mi sueño no puede hacerse realidad. Por tanto, creo que la propuesta que le hago no carece de lógica y no creo que le cueste tanto esfuerzo devolverme algo de gratitud. Quiero una criatura de sexo femenino tan horrible como yo. Creo que es lo menos que puedo pedir, y con tan poca cosa, bastará para satisfacerme. Es verdad que seremos dos monstruos, dos criaturas diferentes al resto de la humanidad, pero es esa característica precisamente, lo que constituirá el lazo que nos unirá. Nuestras vidas no serán tal vez tan felices como las de otro ser normal, pero te aseguro que tendremos una convivencia inofensiva, muy lejos del padecimiento que hoy por hoy no deja de atormentarme día a día. Únicamente tú, mi creador, puedes complacer tu deseo, que no es otra cosa que liberar tu conciencia, del horror que tú mismo has creado. Es realmente, lo único que te podría agradecer. ¡Haz que algún ser vivo me quiera! Es el único favor que te pido.
SHELLEY, Mary, Frankesntein o el moderno Prometeo, Ediciones Rueda, Madrid, 2003, pág. 114.